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A pesar de que el ingreso per cápita de los países de América Latina oscila de los 1.000 dólares (Bolivia) a 8.000 dólares anual (México), en las grandes empresas internacionales los ejecutivos suelen cobrar un salario casi similar a los que cobran en los países industrializados. Se dice que en México, un ejecutivo de alta responsabilidad en una firma líder, en promedio, suele cobrar más de U$S 420.000 y en países como Brasil la suma de U$S 270.000 y Argentina unos U$S 180.000.
Desde luego que a medida que baja el nivel de responsabilidad esos valores bajan, pero la cuestión es la diferencia que hay entre los salarios más altos con los de un empleado administrativo medio de esas empresas, pues ese es el mejor indicador de la desigualdad salarial y social que hay en un país. Varios estudios indican que por ejemplo un alto ejecutivo norteamericano suele ganar en promedio 5 veces más que un empleado administrativo medio; mientras que en la Argentina esa proporción es de 20 veces y en Brasil, de 17 veces. Y en México la distancia es mucho mayor pues supera las 30 veces.
Si bien en muchos países, desarrollados y no desarrollados, los ejecutivos y directivos de las grandes empresas internacionales suelen cobrar además del salario un plus extra-salarial en calidad de bonos o participación en las ganancias, esa proporción de las bonificaciones depende mucho de la actividad que desarrolla la firma, de los resultados económicos de ese ejercicio, etc.
La excesiva desigualdad salarial no solamente es una expresión tergiversada de la distribución de la riqueza sino que desanima todo tipo de desarrollo educativo y las motivaciones de superación en gran parte de la población. Como lo señalan algunos sociológos la desigualdad de América Latina postra eternamente al estrato pobre de la población y no posibilita que esos pobres puedan siquiera tener una pobreza aceptable y llevar una vida que no sea la de un indigente.
Dentro de la región, aun con estas desigualdades los países que tiene mayor poder de compra son la Argentina, Chile y Uruguay, países que a pesar de todo muestran indicadores y esfuerzos en las políticas públicas de distribución de la riqueza. Y en peor situación están Bolivia, Paraguay y Colombia.
Estos datos indican de alguna manera que además del ingreso per cápita hay que tener en cuenta la distribución de la riqueza, la desigualdad económico-social y el poder de compra de sus habitantes (costo de vida, capacidad de producción local o de compra desde el exterior, valor de la moneda, etc.). Es por eso que para tomar un café, Brasil es el más barato; pero para un electrodoméstico lo son, Chile, Colombia, Uruguay y Venezuela. Para la compra de remedios, Chile, Ecuador y Perú, son los más económicos. Y para la compra de un automóvil, aunque Brasil es el mayor fabricante de la región es más caro que en Chile o la Argentina, aunque en éste último más de la mitad de lo que se vende en el país son autos fabricados en Brasil.
Como dato anecdótico, la diferencia de ingresos entre el 20% del estrato superior y el inferior en la China de 1.300 millones de habitantes es de 17 veces, aunque si se toma la desigualdad económica y social incluyendo todos los bienes, no solamente salariales, asciende a 70 veces, según indica el Instituto de Ciencias Sociales de China.
Además, aclara que se está observando una brecha muy grande entre las regiones, entre el sector urbano y rural, y entre las mismas profesiones sean del sector público como privado. La tasa de desempleo promedio en este país en las grandes ciudades es del 8%, mientras que en la zonas rurales pobres asciende al 18% y ciertas regiones supera el 25%.
MUSASHI Nº 54 -Enero/Abirl de 2007
(c) J.Alberto Matsumoto-IDEA NETWORK
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