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Hacer obligatoria la obligatoriedad de la educación para todos los extranjeros

En los distintos foros y reuniones donde se discute el tema de los extranjeros en Japón se pone énfasis el problema de las niños y jóvenes, principalmente de brasileños nikkei, que no concurren a la escuela pública japonesa y que cada vez más aumenta la tasa de desescolarización y semi-analfabetismo en un país donde casi el 100% finaliza los estudios de la secundaria básica (chugakko) para cumplir con la educación obligatoria de 9 años y el 95% finaliza la secundaria superior (koko). Todo el mundo sabe que sin la secundaria completa las posibilidades de ubicarse en un empleo se complican, aunque este año ha llegado a cubrir las expectativas de casi el 75%; y mucho menos la de seguir estudiando una carrera universitaria o de especialización técnica.

Algunos se preguntarán por qué no se puede aplicar la obligatoriedad de la educación en los extranjeros, pues es un deber del Estado japonés garantizar por ley nacional como por los tratados internacionales sobre derechos humanos y de protección de los niños otorgar la posibilidad de estudiar y obligar a los padres a que cumplan con esta obligación básica.

Sin embargo, el tema no es tan fácil por la alta presencia de niños coreanos y norcoreanos en la sociedad japonesa desde la pre-guerra y la pos-guerra. Ante la derrota japonesa, en 1945, e inmediata ocupación de los Estados Unidos, los coreanos que buena parte tenían la nacionalidad japonesa fueron considerados ciudadanos liberados porque la península coreana quedó liberada de la ocupación japonesa y muchos optaron por recuperar la nacionalidad de origen. Pero ya en 1948, por la tensión con la Unión Soviética y China, las autoridades norteamericanas ponen bajo vigilancia a los norcoreanos de Japón y en el tema educativo se obliga a que concurran a las escuelas públicas japonesas limitando la actividad de las escuelas comunitarias coreanas. La guerra de Corea reforzó los controles y las regulaciones sobre los residentes norcoreanos. Posteriormente, las autoridades japonesas, después de arduas negociaciones y algunos enfrentamientos, deciden admitir la administración de colegios coreanos, bajo la misma licencia de “escuelas varias” (kakushu gakko) que hoy tienen, por ejemplo, la Escuela “El Mundo de la Alegría”; pero para paliar la insuficiencia académica de estos colegios étnicos, en Osaka, la ciudad de mayor concentración de niños y jóvenes de ascendencia norcoreana, las autoridades educativas japonesas implementaron programas anexos de apoyo del idioma japonés y cursos de comprensión internacional, incluída materias de cultura coreana para que los mismos alumnos japoneses puedan comprender mejor a sus compañeros de clase.

El tratamiento hacia los alumnos coreanos y norcoreanos ha sido sumanente complejo porque entre ellos mismos, las instituciones representantivas estaban enfrentadas por sus pensamientos políticos y por la política exterior de sus países, con el agravante de que rechazaron casi a ultranza sujetarse a la obligatoriedad de la educación en las escuelas japonesas porque esa “integración” implicaba para alguno de ellos una renuncia y casi traición a su identidad y orgullo étnico.

Pasaron los decenios y el resultado ha sido que hoy apenas el 13% de los niños en edad escolar siguen estudiando en sus colegios con serias dificultades edilicias y de infraestructura educativa y muchas veces resentidos del aislamiento social, pues sus posibilidades de ubicarse en un trabajo interesante y promisorio en la sociedad japonesa son casi nulas. La mayoría de los norcoreanos optaron por seguir en las escuelas japonesas, otros por cambiar de nacionalidad a la surcoreana (una opción que el gobierno japonés facilitó para evitar un mayor aislamiento pues siendo norcoreano tienen enormes limitaciones en salir del país y proseguir estudios en el exterior o trabajar en empresas de cualquier índole) y muchos otros por nacionalizarse japonés. Lo mismo hicieron los surcoreanos pero con mayor intensidad y flexibilidad.

De todos modos, les costó unos 30 años en darse cuenta de la importancia de estudiar por lo menos en un solo idioma, en el idioma del país donde viven, para desarrollarse y progresar. Tardaron demasiado tiempo de que estudiar a medias en un colegio comunitario su “lengua materna” con enormes limitaciones presupuestarias y falencias en infraestructura, con educadores no profesionales y mal pagos, los aislaba mucho más de la sociedad japonesa y aún en su propia cerrada comunidad no era muy útil para ampliar nuevas posibilidades, sea de negocios o de desarrollo social y cultural. Incluso, los residentes surcoreanos se dieron cuenta que su “madre patria” no estaba muy interesado en apoyar económicamente estas iniciativas educativas ni en revalidar u homologar los certificados de estudios para que puedan seguir estudiando alguna carrera universitaria en Corea del Sur. No hay que olvidar que la competencia para el ingreso universitario en Corea es mucho mayor que la de Japón.

Los niños y jóvenes latinos, en su mayoría nikkei, por la “política migratoria” de tratamiento especial que el gobierno de Japón ha tenido con sus conciudadanos del exterior y sus descendientes, no están sometidos a los dilemas políticos ni a la Guerra Fría que sufrieron los coreanos. No es que rechazen de plano los contenidos educativos de las escuelas japonesas ni odien a los japoneses por una ocupación en una guerra. Podrán objetar ciertas modalidades de enseñanza y ciertos tratos desiguales en las escuelas por ser diferentes, agravados por las inseguridades que los padres tienen por falta de convicción en algunos casos, y la ausencia de un plan de vida, en otros, pero tienen toda la posibilidad de estudiar en las escuelas japonesas que están mucho mejor acondicionadas que las escuelas comunitarias, pues éstas aunque se valore el esfuerzo de algunos educadores y padres y de la misma sociedad local (prefectura, municipio y empresas locales), no pueden ser una opción de la escuela formal que un país tiene; al menos por ahora.

El Estado japonés asigna un promedio de 150.000 yenes anual por cada alumno en la educación obligatoria e innumerables apoyos en infraestructura, programas extracurriculares, formación y capacitación de los educadores, etc. Solamente el gobierno nacional asigna el 7% del presupuesto fiscal, o sea, unos 53.000 millones de dólares anual en educación y desarrollo científico, nada comparable a lo que algunas prefecturas y municipios, con la mejor buena voluntad, pueden ofrecer a las escuelas comunitarias.

Muchos investigadores sostienen que la única forma de resolver el problema de la desescolarización de los extranjeros es obligarlos a cumplir con la obligatoriedad de la educación básica, y que dentro del mismo sistema intenten implementar programas de comprensión internacional y convivencia multicultural. Pretender cambiar un sistema o crear un sistema paralelo que se aplica para 11 millones de alumnos por apenas 35.000 niños y jóvenes en edad escolar obligatoria (de 6 a 15 años) es una visión ilusoria que urge superar de inmediato y asumir con más realismo una necesidad que no puede ser postergado.

La experiencia de los hispanos en los Estados Unidos donde conforman una comunidad o casi un país aparte con 35 millones no ha resultado, salvo excepciones en el Estado de la Florida con los cubanos y algunas comunidades latinas, la educación bilingue, pues un promedio del 43% no tienen terminado la secundaria (high school) y eso ha hecho que aunque pasen ya varias generaciones estén en un estrato social bajo en ingresos y oportunidades de progreso.

El marco legal de la Constitución japonesa como la Ley Nacional de Educación no impide que los extranjeros estudien en las escuelas públicas japonesas e incluso la interpretación inicial de la Constitución propuesta por las mismas fuerzas de ocupación norteamericana daba cabida a que la obligatoriedad cubría para todos aquellos que residen en el Japón, sin distinción de nacionalidad, pero los avatares de algunas comunidades extranjeras en la posguerra inmediata los obligaron a interpretar de manera más “flexible” para desligarse de este asunto sensible que no ofrecía otra alternativa.

Los latinos en Japón tienen la alternativa y la posibilidad de estudiar en las escuelas japonesas. La obligación de hacer educar a sus hijos viene o tendría que venir ante todo de la conciencia de los padres, pero tal vez, he aquí el mayor problema.

 
 
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